Caí.
No hay metáfora.
Caí
y al caer
hice daño.
No por maldad consciente,
sino por no haber mirado
lo que llevaba dentro.
Eso es lo que más cuesta decir.
No fue el mundo.
No fue el otro.
No fue el destino.
Fui yo
sin conocerme.
Y en esa ceguera
arrastré vidas,
rompí silencios,
dejé grietas
donde antes había confianza.
Luego vino la historia:
el ángel caído,
la herida noble,
la explicación que alivia.
Mentira.
No hubo alas.
Hubo miedo.
No hubo caída del cielo.
Hubo caída hacia dentro.
Y ahí,
en ese fondo sin testigos,
vi algo que no esperaba:
que el mal no es un monstruo,
es una falta de conciencia
que se repite
hasta que alguien la mira.
Hoy lo miro.
Sin adornos.
Sin defensa.
Lo que hice
vive en otros.
Eso no se borra.
Pero aquí,
justo aquí,
donde ya no puedo esconderme,
algo no cae.
Algo observa.
Y en ese punto
que no huye,
que no se justifica,
que no se condena,
empieza otra forma
de estar.
No más alto.
No más puro.
Más real.
Antonio Portillo Spinola