Dígame usted, sentado en su silla de espejos,
donde el eco de su nombre es la única ley,
si entre el brillo del oro y los muros añejos,
¿sabe qué es la dignidad, o es sombra de un rey?
Usted, que reparte la injusticia con mano plena,
como quien siembra sal en la tierra del vecino,
¿no siente el peso muerto de tanta ajena pena,
o es que el poder le borró el rastro del camino?
Los cuatro jinetes de su trono son:
fanatismo de ciega venda que impone,
egolatría en su rostro cuarteado,
usura cobrando a la vida,
injusticia su obra maestra
¿Qué busca, señor, en su torre de marfil y de olvido?
Reparte miseria y no obtiene resultado alguno,
pues no hay imperio, por más fuerte y erigido,
que aguante el suspiro de un pueblo de ayuno,
La historia no guarda el oro, guarda el gesto,
y el suyo, tirano, es un mapa de lodo y de arresto.
¿Sabe usted qué es ser hombre, o solo es un cargo?
Cuidado, que el brindis del odio siempre es amargo.
¡Aprenda, al fin, que su honor no es suyo ni de ninguno, ¿cree en su dios?!