La esfera pendía de un cable bastante largo y no iba a ser fácil llegar hasta ella. El primer operario se vistió la escafandra aprisa, mientras sonaban las alarmas y parpadeaban las luces rojas, y encajó su cabeza dentro del casco. Fuera, en el espacio sin aire, recibió una comunicación escalofriante que decía: los conductos de ventilación están echando gases radioactivos y los controles han quedado inutilizables, han sido hackeados, las reservas de alimentos y el agua han desaparecido del almacén y nadie tiene ya el ánimo necesario para tratar de solventar todo este desbarajuste. El mensaje finalizó con un sonido chisporroteante. Se abstrajo contemplando la superficie del meteorito donde estrepitosamente habían estacionado el transbordador. Unas cosas con vida y correosa apariencia, como gusanos de un color verde moho, asomaban sus sensores entre las rocas plutónicas. Y más allá de ese hervidero de insectos intergalácticos la antera rota gozaba de un retiro espiritual, según su propio criterio, que estaba nublado por una opresora sensación de terror y aún tenía tiempo para hacerse el gracioso, a pesar de todo, al no pensar en nada de lo fatídico del asunto. Obligado por las circunstancias comenzó la marcha. Difícilmente esquivó los bichos, que no parecían extrañarse de tenerlo entre ellos, más bien podría decírse que habían adoptado una actitud servil hacia la persona, y algunos incluso trepaban por sus botas para ayudarlo a paliar la cansina flotabilidad del vacío. La noche era como una mente abierta y vertía una tenue luminosidad que dotaba a todo lo que tocaba de un aura onírica. El pobre sudaba copiosamente, resollaba cual toro enfurecido y se balanceaba arriesgándose a caer desmayado contra la sombra de sí mismo. El segundo operario lo vió desplomarse y provocar un levantamiento de partículas similares a esporas, y se dispuso a planear la ruta que tomaría tras reponerse del susto para evitar que se repitiera tal desenlace. En primer lugar iría a chequear la esfera sin despegarse de la carcasa de la nave, marcando los segundos cruciales como sus pasos en el sentido circular de las agujas del reloj térmico incorporado a su equipo para mayor seguridad. No quería quedar inconsciente a la intemperie consumiendo el oxígeno que no abundaba a causa de las fugas que había descubierto cuando hacía la revisión rutinaria. Tiró una mirada al firmamento, que permanecía espectante, irradiando un magnetismo peculiar, suficiente para hacerle perder el norte a cualquiera. Dos planetas errantes, uno en un lado y el otro en el contrario, devolvían los rayos cegadores de un astro que se hallaba en alguna parte de aquel cielo ubicuo, fuera de su campo visual. Retrocedió un trecho para asegurarse de que podía abrir la compuerta del cuarto de despresurización pulsando el botón amarillo en el panel holográfico, pero comprobó que se había ido la corriente, y que su única alternativa viable sería buscar la manera de acceder a los circuitos para reestablecer el flujo de energía manualmente. Entonces un terremoto lo hizo tambalearse y caer al suelo como un peso muerto. Un crujido de cristales lo puso en shock. Le pitaban los oídos y creyó escuchar el rugido de millones de trompetas apocalípticas. Perturbado y débil se desplazó despacio arrastrándose con la voluntad de alcanzar el área de salvamento, y eso fué lo último que hizo antes de quedarse dormido. El tercer operario era una antropomorfa máquina que, en ausencia de electricidad, se mantuvo intencionalmente en inactividad, y a nadie se le ocurriría cuestionar su plan diabólico, si todos lo ignoraban y no albergaban la menor sospecha de quién o qué estaba causando tanto infortunio. Así fué como la ignorancia artificial declaró la guerra a la inteligencia natural, ciñéndose a la profecia del colapso del imperio humano cual actor pasivo a un guión preestablecido. El telón tapó la escena y dió por rematada la obra. Los clónicos robots aplaudieron ruidosamente, lubricaron sus férreas articulaciones con el aceite de las frituras que habían simulado comer, y se fueron yendo del teatro en perfecta fila india, sin expresar emociones ni desentenderse ninguno del debido orden, pauta indispensable para localizar el ángulo protuberante bajo las letras fosforescentes empleando la glándula reguladora de los impulsos neuronales, encajada en la sección frontal de sus cerebros planos. Enfrente carteles de propaganda mostraban un semblante metálico y grotesco, cuya boca era una línea tan recta como si hubiera sido trazada a ras de regla, sus ojos mórbidos sobresalían de sus cuencas y también del retrato, y el conjunto de sus facciones seguía el mismo patrón surrealista. Un hombre proyectó una piedra hacia la cilíndrica nariz del tirano y al instante fué amordazado por cuatro brazos tecnológicos. Tuvo la audacia de aprovechar que no le habían impedido el habla y recitó un mantra que debería haber detonado los explosivos pegados a los soportes del techo del búnker, bajo el teatro, pero no pasó nada. Luego se lo llevaron al zoológico, lo introdujeron en una jaula donde se reunió con el capitán de los rebeldes y con toda su tropa de mercenarios ambulantes, y él se escurrió entre ellos, camino del extremo inhóspito de aquella celda reticular, para que no se dieran cuenta de que lloraba y reía en un combo, con el cuello combado y los ojos hundidos en la pantalla del periódico que había recogido de entre los pertrechos de sus camaradas. Son una patética parodia de nosotros, farfulló, y soyozó como un oso al acordarse de hace cuanto que no desertaba del mundo real