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Para ver el cielo

 

 

La meditación, es como ese agujero desde el que, entre una respiración y la siguiente, podemos contemplar nuestro propio cielo. Cuando la tormenta de estímulos cesa, las tranquilas aguas del lago de la mente, suelen brillar como un espejo, en el cual nos podemos reflejar sin miedo alguno. Ya no hay turbulencias: sólo contemplamos lo que somos, que incluye lo que podemos ser. Es un viaje que realizamos en absoluta quietud, sin movernos del lugar. Pero ningún vehículo en el mundo nos llevará más lejos.