Luis Barreda Morán

Guerra Nuclear

Guerra Nuclear

I. El Día sin Mañana

Cuando el reloj de la humanidad marcó el último segundo,
no hubo trueno que anunciara la sentencia,
sino un silencio blanco, cegador, profundo,
que borró de un instante toda existencia.

Las ciudades ardieron como piras gigantes,
el acero se dobló como cera en la hoguera,
y los sueños de siglos, esos frágiles diamantes,
se fundieron en una sola humareda.

El hollín ascendió, oscuro mensajero,
llevando en sus entrañas la muerte y el lamento,
y el sol, cómplice antiguo de nuestro mundo entero,
se ocultó tras un manto de funesto aliento.

II. Los Rostros del Infierno

No fue solo la llama, no fue solo el estruendo
lo que partió la vida en dos mitades;
hubo un dolor peor, más lento y más horrendo:
el que deshace cuerpos y también voluntades.

A quienes la muerte no quiso en su primera cita,
la radiación les dictó otra sentencia:
los ojos se derriten, la piel se desviste y quita,
el abdomen explota en lenta penitencia.

Y los niños, los niños que aún no comprendían
por qué el cielo se había vuelto negro y amenazante,
vieron cómo sus padres lentamente morían
mientras su propio cuerpo se deshacía en instantes.

Malformaciones congénitas, el \"bebé duende\",
testimonio de un mundo que se niega a continuar,
y el estigma que al sobreviviente hiere y ofende:
nadie quiere al hibakusha, nadie lo quiere amar.

III. El Invierno Eterno

Luego vino el frío, no el frío de diciembre
que anuncia la nevada y el hogar encendido,
sino un hielo profundo que la vida desmembra,
un invierno sin fin, un sol extinguido.

Quince grados menos, a veces veinticinco,
la temperatura cae como una losa de plomo,
y la tierra que un día fue fértil y con surco
ahora es solo polvo, ahora es solo asombro.

El maíz, ese grano que alimentó imperios,
ve su cosecha hundirse en un ochenta por ciento,
y los campos se vuelven páramos y cementerios
mientras la humanidad sufre hambre y sometimiento.

El hollín, ciento sesenta y cinco millones de toneladas,
bloquea la luz solar, anula la esperanza,
y las nubes de muerte, en columnas organizadas,
extienden su dominio donde la vida alcanza.

IV. La Tierra Herida

Hasta el ozono, ese escudo delicado,
se desgarra en la estratosfera herida,
y los rayos UV, antes neutralizados,
queman la piel del mundo, queman la vida.

Los óxidos de nitrógeno que las explosiones lanzan
devoran molécula a molécula el cielo,
y mientras los sobrevivientes en las sombras se lanzan
a un mundo sin futuro, a un mundo sin consuelo.

Las cadenas alimenticias se rompen como hilos,
los ecosistemas mueren sin piedad ni prisa,
y los océanos mismos, antes siempre tranquilos,
devuelven peces muertos, devuelven ceniza.

V. Los Números de la Muerte

Trescientos sesenta millones de muertos en un día,
esa es la cuenta que los científicos calculan,
pero es un número frío que no alcanza la agonía
de los que en las ciudades arden y se apilan.

Seis mil millones de hambrientos al cabo de dos años,
tres cuartas partes de la humanidad sucumbiendo,
y los planes de rescate parecen tan extraños
cuando no hay dónde ir, no hay qué ir comiendo.

Una guerra regional, cien bombas nada más,
bastaría para matar a dos mil millones,
y el mundo que conocemos no volverá jamás
a ser el mismo, ni en cien generaciones.

VI. La Herencia de la Ceniza

Siete, ocho, doce años habrá que esperar
para que el maíz vuelva a crecer en los sembrados,
y mientras tanto habrá que aprender a sobrevivir
en un mundo de sombras, en un mundo helado.

Los kits de resiliencia que los científicos planean
con semillas resistentes al frío y a la noche,
son la última esperanza que a la vida aferra
mientras el mundo entero es un oscuro derroche.

Pero ninguna semilla, por dura que sea,
podrá devolver a los niños sus sonrisas,
ni borrar la memoria de aquella odisea
que convirtió la Tierra en una tumba improvisa.

VII. El Veredicto

Y al final, después del fuego, del hielo y la hambruna,
cuando los pocos que quedan alzan los ojos al cielo,
ven que la luz regresa, pero no hay ninguna
alegría en sus corazones, solo frío y desvelo.

Porque la guerra nuclear no es solo el fin de un pueblo,
no es solo el fin de un siglo o el fin de una era:
es el fin de la historia y de todo relevo,
es la noche que cae y que nunca se espera.

No hay ganadores aquí, no hay batallas gloriosas,
solo un planeta herido que gira en la negrura,
solo madres sin hijos, solo madres ansiosas
buscando entre las sombras una tumba segura.

VIII. La Advertencia

Por eso, mientras quede un átomo de conciencia,
mientras haya un latido que aún pueda llamarse humano,
recordemos que el mundo merece su existencia
y que el odio no debe ser nunca soberano.

Ocho décadas han pasado desde Hiroshima y Nagasaki,
y el peligro persiste, crece, se hace más profundo,
pero aún estamos a tiempo, aún no todo ha muerto,
aún podemos salvar lo que queda de este mundo.

Desarmemos las bombas antes de que ellas
nos desarmen a todos en un instante ciego,
porque el verdadero enemigo no es aquel que nos reta,
sino el miedo que anida en lo más hondo de nuestro fuego.

Epílogo

En el Memorial de la Paz en Hiroshima, una inscripción reza: \"Que todas las almas aquí descansen en paz; porque no repetiremos el mal\". Que esa promesa, suscrita con lágrimas y sangre, no sea en vano.

—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA 
Noviembre, 2023.