Uriel F
Habitación sin nombre
Pasaron los años.
Nadie llegó.
Y ahí sigue,
tendida en su alcoba,
abierta
no de cuerpo,
sino de espera.
Siempre dispuesta
a quien le diera nombre,
no por afecto,
sino por permanencia.
Los tacones,
gastados,
como si hubieran recorrido
más vidas que calles.
Su cama —
territorio—
donde otros dejaron
lo que no supieron sostener.
Piel intacta en apariencia,
pero marcada
por manos que no recuerdan
lo que tocan.
Y sin embargo,
qué memoria la de las mías.
Aún late aquella promesa
que no supe nombrar.
No eres de nadie.
Eso dicen.
Pero eres de todos
los que llegan a perderse.
Patria breve
de los desvalidos,
refugio de los que buscan
no vivir, sino olvidarse.
En el páramo
de lo que no fue,
apareces
como una revelación cansada.
No seduces:
permaneces.
No llamas:
esperas.
Y en tus ojos
—ya sin urgencia—
el día termina siempre
un poco antes.
Dime,
¿quién cumplió
la promesa
que te hice—
cuando aún no sabía
lo que entregaba?
¿dónde guardas
aquella moneda?
La que te entregué
sin saberlo,
cuando aún creía
que el deseo sería suficiente.