Sereno…
a veces plácido, con su recuerdo a solas,
contempla el cielo en su audacia,
marinero de horas inciertas.
Remonta, pensativo, la mar, la mar de las bravías olas,
y la barca —ángel sin alas— llora.
Danza envuelta entre espumas, fuerte… pero sola,
y en su mástil se abrazan las anclas de la infancia.
Marinero…
marinero… la mar, aguja de congojas,
piensa, sueña y escribe sobre brumosas hojas.
Marinero...
marinero... viento y almas solas,
tu patria es un faro que arde entre las sombras.
Levedad del agua, caracolas que viajan,
y en el aire se anudan las horas que no pasan.
La Santa María, la Niña y la Pinta navegan en Do por mis riberas,
galeras de quimera, banderas que se enredan.
Absortos en los colores de sus mundos,
como piratas sin tierra, errabundos, navegan…
buscando sus olores.
Son hordas —recua de sabores—,
añoran entre los aires la riqueza que no vuelve.
Y la mar pregunta:
¿queda franqueza al navegar sin patria ni honores?
En la rosa furtiva de los vientos,
en las olas de inicuos movimientos,
sus barcas descubren los aromas.
En la astucia del tiempo y en sus brumas
anclan, ocultas, caracolas…
y ellos…
ellos… en profundos pensamientos
las devuelven al presagio de sus olas.
Marinero…
marinero… la mar no suelta tus congojas,
piensa, sueña y escribe lo que el tiempo despoja.
Marinero…
marinero… viento y almas rotas,
tu patria es un faro que arde…
y nunca nombra.
La playa guarda en silencio las barcas que ya no vuelven…
y el amor es parca cuando la mar se aleja.
Marinero…
Marinero…
¡Marinero de concojas!
¡Marinero de congojas!
¡Marinero de congojas!
Racsonando Ando / Oscar Arley Noreña Ríos.