Custodia de luz
Llegué con orquídeas de lila y de nieve,
al sitio sagrado de paz y de calma;
llevando en el pecho la gracia que mueve
el rastro bendito que habita en mi alma.
Hablé con la madre de quien tanto adoro,
le dije en silencio: \"Yo velo por ella\";
le di mi palabra, mi único tesoro,
promesa que brilla con luz de centella.
No importa la orilla, ni el rumbo, ni el viento,
mi amor es la roca que el tiempo no abate;
perdonar es gloria, seguir es aliento,
mientras en mi pulso su nombre me late.
Seré su cuidado, seré su presente,
en cada plegaria y ayuda oportuna;
el amor que es libre, camina consciente,
sin pedirle cuentas, sin queja ninguna.
Se ama de veras con puro abandono,
cuando el \"yo\" se rinde por el \"nosotros\";
por eso en la entrega recibo mi trono,
sin ver las fronteras, sin mirar a otros.
Gracias, Maestro, por hacerme fuerte,
por darme este modo de amar tan sagrado;
¡que mi voz de vida le venza a la muerte,
viviendo por siempre de amor a su lado!
El cielo en la tierra
Quien ama con fe, con la luz bendecida,
contempla en el otro el rostro de Dios;
es una energía que enciende la vida,
haciendo un solo eco de nuestra dos voz.
Por eso proclamo, sin miedo al desvío,
que en mi propia tierra ya he visto el Edén;
tu amor es el cauce que nutre mi río,
mi paz, mi refugio, mi casa y mi bien.
Están tus pisadas en mi alma grabadas,
estrellas que el suelo no quiere soltar;
son marcas de gloria, por Dios custodiadas,
que ni el mismo olvido podrá marchitar.
Y así como el nombre de quien te dio el ser,
florece en tu pecho con místico honor;
tu vida en la mía se vuelve un nacer,
un lazo de gracia, de fe y de valor.
No existen distancias, ni muros, ni herida,
que logren borrar lo que el Cielo selló;
tú eres la huella de mi propia vida,
el rastro divino que en mí se quedó.
¡Gracias, Maestro, por este destello,
por ver en lo humano la luz de Tu altar;
por hacer del amor el mapa más bello,
venciendo al invierno... y al miedo de amar!