«Pienso, por lo tanto, existo»,
siempre lo pienso
[cuando me desvisto,
mientras miro receloso el reflejo
[de un cuerpo entelequístico,
ya que tal vez yo no existo…
y, si no existo, por qué pienso —
en eso que no tiene mucho sentido—
al preguntar:
«¿por qué dudo yo tanto
[de lo que no he visto?»
Yo le insisto…
Yo le desisto…
¡Eh!, ¿esto…?,
[¿he visto…?,
¿por qué se deforma el reflejo
[mientras me desvisto?
No sé qué es este delirio,
solo pienso que es el reflejo
[que se fragmenta en el desquicio,
porque ya soy la quimera de lo que insisto:
la causa de una sucesión pasada
[de la acción atareada.
Atareo el pasar,
tarareo al pensar…
Cuanto más uno se muestra,
[¿por qué menos se reconoce?;
es absurdo este mero pensar,
el pensar…
en las cosas absurdas
[que dan al reflexionar…
Ya al final,
viendo el espejo crujir
[y fragmentar, yo expreso:
«yo no existo porque pienso,
ni pienso porque existo,
ya que cohabito porque sobrevivo,
y eso hace absurda mi existencia…»
¡Oh, existencia!
Yo solo insisto
[en el absurdo,
[en el reflejo,
[en la carne que se niega…
y, si insisto,
[y ni con eso me reconozco,
quisiera, al menos, decidir
[qué imagen en el espejo dejar vivir.