No está rota la mente,
mira donde no sabemos.
Ve el silencio dentro de una palabra.
Ve la grieta en la lógica.
Cuenta los pájaros que no cantan.
Habita el tiempo que no pasa.
Da miedo.
No porque esté rota,
sino porque está clara.
…y esa claridad
no encaja en ninguna forma.
No cabe en los relojes,
ni en las frases que ordenan el mundo.
Se sienta donde el sentido se deshace
y escucha
lo que nadie traduce.
No interpreta:
recibe.
Y en ese gesto desnudo,
sin filtros,
sin defensa,
la realidad
se vuelve demasiado amplia
para llamarse realidad.
Por eso la encerramos,
la nombramos,
la reducimos a diagnóstico.
Pero ella
—con los ojos abiertos en lo invisible—
sigue viendo
lo que nosotros
no sabemos
soportar.
Y por eso la llamamos locura.
Para no sostener su mirada.
Porque si la aguantáramos un segundo más,
no sería ella
la que se rompería.
Seríamos nosotros.
Y no se quebraría la mente.
Se quebraría
la mentira que llamamos mundo.
Y detrás…
no habría nada
a lo que volver.
Antonio Portillo Spinola