Adrian Alfaro

Satellite

Alejandra,

He pensado mucho en cómo empezar estas palabras.
No porque falten cosas que decir, sino porque cuando algo fue verdadero cuesta encontrar la forma justa de nombrarlo. Las palabras a veces quedan pequeñas frente a lo que uno sintió.

Y contigo, Alejandra, yo sentí mucho.

A veces pienso en lo improbable que fue todo.
tu pais y el mío son dos puntos lejanos en el mapa, dos tierras separadas por miles de kilómetros, por mares, por horarios distintos, por noches que no coinciden. Mientras yo miraba un cielo oscuro, tú probablemente estabas viendo el amanecer.
Y aun así, en medio de ese universo tan grande y tan indiferente, el el tiempo y las cosas, nuestras vidas se cruzaron.

Eso ya me parece casi un milagro.

Llegaste en un momento complicado de mi vida.
Uno de esos momentos donde la existencia se vuelve pesada, donde el día avanza pero uno no sabe muy bien hacia dónde va. Donde todo parece un poco gris, un poco repetido, un poco cansado.

Y de pronto apareciste tú.

No como una solución mágica, ni como una fantasía romántica, sino como una presencia real. Como alguien que simplemente estaba ahí. Con tu forma de ser tan tuya: preocupándote por los demás, escuchando a todos, tratando de ayudar incluso cuando eso significaba olvidarte de ti misma.

Siempre admiré eso de ti.

Porque hay personas que solo viven para sí mismas.
Pero tú no eras así.

Tú eras de esas personas que sienten demasiado, que cargan con los problemas de los demás como si fueran propios. Y aunque a veces eso te descuidaba, también mostraba lo profundamente humana que eres.

Y sí, también eras hermosa.

No de una forma superficial, sino de esa manera particular en que alguien se vuelve inolvidable.

Tus ojos verdes, que parecían guardar una calma extraña, como si dentro de ellos hubiera un pequeño bosque donde todo pudiera descansar.
Ese lunar de milanesa que siempre me parecía tan tuyo, tan único.
Tus orejas un poco raras, que lejos de ser un defecto eran una de esas pequeñas imperfecciones que hacen que alguien sea completamente irrepetible.

Pero lo que más me enamoró de ti no fue tu rostro.

Fue tu existencia en mi vida.

Porque antes de ti el amor era algo que uno imagina.
Algo que uno escucha en canciones, que aparece en poemas, en libros, en historias de otras personas.

Contigo dejó de ser una idea.

Se volvió algo real.

Algo que podía aparecer en la pantalla de mi teléfono cuando veía tu nombre en un mensaje.
Algo que podía escucharse en tu voz cuando me llamabas.
Algo que podía sentirse incluso a miles de kilómetros de distancia.

Y es curioso cómo funciona el amor, porque a veces basta con imaginar a alguien para que el día tenga sentido.

Hubo días en los que simplemente pensar en ti era suficiente para seguir adelante.

También empecé a pensar en el futuro de una manera distinta.
En cosas que antes parecían demasiado grandes para imaginar: una vida compartida, planes, la posibilidad de que algún día nuestras vidas dejaran de estar separadas por la distancia.

Incluso llegué a pensar algo que tal vez nunca te dije del todo: que si algún día decidieras casarte conmigo, yo quería ser alguien digno de eso.
Alguien que pudiera darte tranquilidad, compañía, amor.

Quería ser mejor.

Y en muchos sentidos lo intenté.

Pero el amor, por más hermoso que sea, también tiene su lado humano.
Y lo humano es imperfecto.

A veces nuestras heridas hablan más fuerte que lo que sentimos.
A veces nuestras actitudes, nuestros miedos, nuestras inseguridades terminan saliendo a la superficie.
A veces dos personas que se aman también se lastiman sin querer.

Y entonces aparece algo doloroso:
la sensación de que el amor existe, pero que aun así no siempre es suficiente para salvarlo todo.

Eso es lo que más duele.

Porque cuando el amor fracasa no siempre es por falta de sentimiento.
A veces fracasa por la fragilidad humana, por nuestras propias sombras, por las cosas que todavía no sabemos sanar dentro de nosotros.

Y aun así, incluso con todo eso, si alguien me preguntara qué significaste para mí…
no podría responder con amargura.

Porque tú fuiste la prueba de algo muy importante.

Que el amor existe.

No como una idea ingenua que uno escucha en canciones o encuentra escrita en los libros, sino como una fuerza silenciosa que aparece de pronto en la vida de alguien y cambia la forma en que uno mira el mundo.

Existe.

Existe porque hay personas que, sin proponérselo, despiertan algo dormido dentro de nosotros. Personas que llegan desde lugares lejanos, desde otras ciudades, desde otros países, desde otros cielos… y aun así logran tocar algo muy profundo en el corazón de uno.

Hay personas que despiertan lo mejor que somos.

Personas que, sin exigirlo, hacen que queramos ser más pacientes, más comprensivos, más humanos. Que nos hacen pensar dos veces antes de actuar, porque en algún lugar de nuestra mente aparece su rostro, su voz, su recuerdo.

Y entonces uno cambia.

Cambia no por obligación, sino porque amar a alguien también significa querer estar a la altura de lo que sentimos.

El amor existe porque basta una voz al otro lado del continente para que algo dentro de nosotros se acomode.
Porque de pronto el mundo deja de sentirse tan grande y tan vacío.

Porque una llamada puede iluminar una noche entera.

Porque un simple mensaje puede convertirse en el momento más esperado del día.

Es extraño pensarlo, pero hay personas que habitan nuestras vidas incluso cuando no están físicamente cerca.
Personas que viven en nuestras horas, en nuestros pensamientos, en nuestros silencios.

Y de pronto el universo ya no parece tan frío.

La distancia deja de ser solo kilómetros y se convierte en un puente invisible donde dos vidas se encuentran cada día, aunque sea a través de palabras, de risas, de conversaciones largas que atraviesan la madrugada.

El amor existe porque hay alguien en algún lugar del mundo que puede cambiar la gravedad de nuestra vida.

Alguien cuya existencia reorganiza nuestros días.
Alguien cuya presencia —aunque sea lejana— hace que todo tenga un poco más de sentido.

Y quizá lo más increíble de todo es que ese amor puede nacer entre dos personas que nunca caminaron por las mismas calles, que nunca respiraron el mismo aire al mismo tiempo, que miran cielos distintos.

Pero aun así se encuentran.

Como si el universo, entre millones de posibilidades, hubiera decidido cruzar dos destinos por un instante.

Y aunque ese instante sea breve, aunque el tiempo lo vuelva recuerdo, aunque la vida siga su curso inevitable…

la verdad permanece.

Que el amor existe.

Que algunas personas llegan para demostrarnos que somos capaces de sentir más de lo que creíamos posible.

Y que, después de conocerlas, el universo nunca vuelve a sentirse completamente vacío.


Alejandra,

Si el universo pudiera hablar
probablemente nos contaría que todo está hecho de encuentros improbables.

Estrellas que nacen del polvo.
Galaxias que se acercan lentamente durante millones de años.
Órbitas que coinciden por un instante
antes de volver a separarse.

Amarte fue algo parecido a mirar el cielo profundo.

Algo inmenso.
Algo hermoso.
Y también algo inevitablemente triste.

Porque uno sabe que incluso las estrellas más brillantes
algún día se apagan.

Tus ojos verdes
eran como dos pequeños planetas donde mi vida encontraba gravedad.

Tu voz viajaba miles de kilómetros
como una señal débil atravesando el silencio del espacio.

Y aun así, era suficiente para iluminar mis noches.

A veces pienso que el amor es una constelación que inventamos.

Tomamos dos puntos distantes
y decidimos que forman una figura.

Decidimos que significan algo.

Quizá por eso duele tanto cuando desaparece.

Porque uno no pierde solo a la persona,
pierde también el universo que había imaginado con ella.

Como escribió Alejandra Pizarnik,
hay silencios que pesan más que las palabras.

Y tal vez el amor también sea eso:
un intento desesperado por llenar el silencio del mundo con la presencia de alguien.

Si algún día nuestras vidas terminan siendo solo memoria,
si el tiempo nos vuelve dos extraños que alguna vez coincidieron…

yo seguiré sabiendo algo.

Que durante el tiempo que compartimos
el universo dejó de ser un lugar tan frío.

Porque existías tú.

Y yo tuve el privilegio
—hermoso y doloroso al mismo tiempo—
de amarte con toda mi vida.

Con amor,
Adrián.