Hace años,
cuando aún era adolescente,
salía de mi pueblito hacia la ciudad.
Todo era calma.
El camino respiraba lento,
como si nada fuera a cambiar.
Pero bastó un instante.
El carro giró,
una vez,
y otra más…
y el mundo se deshizo en segundos.
Después,
silencio roto,
voces,
gente alrededor.
Y yo,
tratando de volver.
Han pasado quince años,
y el cuerpo aún recuerda
lo que el tiempo no borra.
Las secuelas siguen ahí,
como huellas invisibles.
Pero estoy viva.
Y desde entonces,
cada día
no es rutina:
es un regalo.