Don Alfonso Quijano, en su locura,
piensa y convierte a Dulcinea en una dama.
No es, no es…
la brasa que él imagina,
la mujer nacida del polvo
que su delirio vuelve llama.
Él, cielo desbordado;
ella, tierra que se estremece a su paso.
Y aun así, cuando se nombran,
se les enciende el alma,
como si sus voces
pudieran desatar
las tormentas de aire
que, en la sangre,
estremecen la tierra.
Y cuando al fin se miran,
el mundo se queda sin aliento:
él desciende como un cielo que busca reposo,
ella lo recibe con la gravedad de lo imposible.
No hablan.
El deseo los sostiene en un filo secreto,
y en ese instante
todo lo que eran
se inclina hacia el vértigo del otro.
Al final, ni cielo ni tierra pudieron sostenerlos.
Solo quedó el instante:
ese que arde una vez
y después
se deshace en silencio.
—L.T.
Poetas somos..