No hubo rito, ni incienso, ni campana,
solo el choque violento de dos sombras
que decidieron arder en la mañana
y habitarse en el sentido que recobras.
Esse amor no sagrado, era puro evento,
un suceso carnal que nos habita;
no buscábamos la paz en el convento,
sino el grito que el cuerpo nos incita.
No rubricado en oro ni en altares,
creímos solo en lo que el tacto dicta,
aconteció siempre, como mares
que chocan en una orilla infinita.
Éramos el vicio de existir a diario,
sin más ley que el sudor y la palabra;
tú eres mi culpa, mi fe y mi breviario,
la única puerta que mi sangre labra.
Que el mundo rece por su salvación fría,
nosotros pecamos de eternidad viva,
en este amor profano, alma mía,
la única gloria es que seas mi deriva.