Por la cuesta del Chapiz
cae la luz del ocaso
de la tarde granadina
hasta brillar en el Darro.
Y allá en lo alto, luz rosada
que al Generalife arropa,
y al Veleta lo engalana
como si fuera de boda.
¡Qué crepúsculo tan bello!
¡cómo enaltece a la Alhambra!.
Quisiera cantar al cielo
para desahogarme el alma.
Conversar con un debel,
y danzar con los gitanos
y cuando llegue la noche
lucir de la Luna el halo
que me evoca tu alma limpia
y los ecos de los hados
que allá en Jesús del Valle,
susurran entre olmos altos.
¿Te acuerdas cuando paseabas
por la Cuesta del Caidero
y tu esplendor en la tarde
llenaba el espacio entero?.
¡Con que aire jovial te vimos!
Cómo el viento removía
aquél vestido amarillo
que a tu figura ceñía.
Mostradme vuestros colores,
los del alma y de la risa,
y los de aquellos dolores
del recuerdo de esos días.
Bien se yo que me olvidaste,
que nunca pensaste en mí,
en cambio, nunca dejaste
mi memoria y mi vivir.
El Generalife y tú
brilláis en la atardecida.
Sigues siendo tú la luz
que alegras noches y días.