Alberto Escobar

Un peso

 

 

Un peso encima, Rosa sentía eso,
una fiebre, un peso en la frente, 
un rosario de malestares calientes, 
un dia tras otro, una semana. 
Se esforzaba por pensar, Rosa hacía
eso, por entender de dónde, a causa
de qué, tuvo que postrarse bocarriba,
en esta maldita cama; no le venía bien,
no era el momento, las cuentas anuales
han de ser cerradas, llevadas a registro, 
el mismo lunes que viene y no podía, 
no tenía fuerzas ni para levantarse, 
ni para incorporarse a comer, ni hambre,
y su marido, veinte de veinticuatro fuera, 
ausente de las cuatro paredes que ahora
la constriñen; y nada de las medicinas
que tomaba, por supuesto sin prescripción 
médica, rompía esa muralla vírica, 
esa losa, que fortalecía su preocupación. 
Rosa se negaba a admitir esta derrota,
castigo divino, quizá, ante tanta desatención, 
tanto no cuidarse, no ponerse en ocasiones
delante de los niños, de su marido...
de su jefe, de su..., un pensar instituido
—si más abarcas más mujer eres—, más válida,
más querible, más...y los niños en el cole 
ausentes a la noticia, y su marido, en otras,
no respondía al guasa, y en el trabajo,
el caos incendiaba la oficina oliendo fuerte,
a derrota, a desesperanza, y el jefe directo 
pollo sin cabeza de un lado
a otro, incapaz de articular una solución,
de solucionar una emergencia. 
Rosa, en un golpe de inspiración, le escribió
a Juan, su compañero de fatigas, que hablara
con Ágatha, que su experiencia sería madero
en este naufragio, que sacara ella las cuentas,
incapaz contra la almohada de erguirse,
vestirse sola, coger un taxi, llegar,
sentarse, abrir el ordenador, teclear las teclas
justas para terminar las cuentas y lanzarlas. 
Incapaz... pero Ágatha pudo llenar su vacío. 
Su jefe seguía como espermatozoide nervioso,
sin saber por dónde meterse que hiciera efecto,
un florero en toda regla...