A veces soy un océano que no se nombra,
un rumor de sal creciendo en la penumbra,
una voz que se repliega en sus propias olas.
Me habito como quien naufraga en su sombra
y en cada latido descubro
la vastedad de lo perdido.
Pero hay noches —
mínimas, desgarradas—
en que el silencio no es refugio
sino una herida que respira.
Y yo,
apenas una grieta en la oscuridad,
me llamo y no respondo.
Entonces el tiempo se abre
como una puerta sin bisagras,
y el dolor no es dolor
sino un espejo que insiste.
¿Quién soy en este reflejo líquido?
¿Quién atraviesa a quién
cuando me miro?
Sin embargo,
hay algo —
una torpe y luminosa insistencia—
que no se rinde.
Un hilo,
casi invisible,
me ata a la mañana.
Y aunque me hunda en mí mismo
como quien cae sin ruido,
siempre regreso,
aunque sea un poco,
a la orilla de mi nombre.
Porque incluso en el fondo
donde todo parece haberse ido,
late —terco—
un pequeño resto de luz.
Y es ahí,
justo ahí,
donde vuelvo a empezar.