Un niño cuenta sus pasos
en un mundo, donde los hogares se deshacen en humo.
Sus osos de peluche
ya no hablan en mascarillas de juego;
ahora son verdugos de un tiempo amargo.
Huele a misiles su colegio,
y en sus maletines hay restos de pólvora viva.
Sus ojos que antes eran jardines
ahora son espinas punzantes,
lagrimas de vidrio,
portones cerrados.
No sabe qué es ese monstruo llamado guerra,
pero sus dedos pequeños
lo tocan
y le hacen heridas a sus rosas manos,
dejando cicatrices en su alma de manzana.
Niño herido, sin luz,
¿qué pecado estás pagando con tus manos de nube?
No sabes lo que es la guerra,
pero almuerzas en platos que lloran fuego.
No sabes de política,
pero sus esquirlas caen en tus zapatos
y dañan tus frágiles pies.
Oh, niño de la guerra,
¿distingues una guerra azul, blanca o rosa?
¿sabes de qué color es la mezquindad de la codicia humana?
Descansa, duerme.
Tus ojos de juguete no soportan tanto.
Duerme entre escombros de nubes,
y tu cuarto despedazado,
donde aún flotan sueños blancos
meciéndose en tu cama rota
como mariposas de ceniza.
Edith Elvira Colqui Rojas – Perú