De cada pensamiento nace una siembra;
de cada siembra, un fruto;
de cada acto, una cosecha;
y de cada cosecha, su consecuencia.
Cuando lo que se piensa,
se dice y se hace
permanece en coherencia,
el fruto madura en equilibrio:
con uno mismo,
con su lugar en el mundo
y con lo que aún está por madurar.
Entonces surge una paz interior
que no depende
de lo externo,
sino de la armonía
entre la raíz, el camino
y el resultado.