Luis Barreda Morán

La Pobreza Innombrable

Pobreza innombrable

La pobreza no siempre empieza cuando falta el dinero.
A veces empieza antes,
en la manera en que apartamos la mirada
mientras ajustamos el nudo de la corbata.

Empieza en ese instante preciso
donde el hambre se vuelve paisaje,
donde el cartón mojado es parte del adoquín,
donde el niño con frío
es solo un dato en el noticiero
que apagamos para cenar.

Lo terrible no es que exista la grieta.
Lo terrible es que aprendamos a caminar por su borde
con la precisión de quien evita un charco,
con la pericia de quien ya no necesita mirar
para saber dónde duele.

Y así, de tanto esquivar,
la herida se vuelve calle,
la indigencia, mobiliario urbano,
el silencio del que nada tiene,
el ruido blanco de nuestros días.

Porque una sociedad no se degrada
solo por los puentes que no tiende,
sino por la facilidad con que llama “normal”
al abismo que cruza a diario.

No es la pobreza la que nos mancha,
es la destreza con que la bordamos,
el modo elegante de decir “siempre fue así”,
la pericia de justificar lo injustificable
con estadísticas y distancias.

Nos duelen las manos vacías del mendigo,
pero aprendemos a no verlas.
Nos duelen las noches sin techo,
pero las cubrimos con la palabra “problema estructural”.
Y entonces,
dormimos tranquilos.

La verdadera vergüenza del mundo
no es que haya pobres.
La verdadera vergüenza
es acostumbrarse a verlos
como se ve un árbol que siempre estuvo ahí,
como se ve una grieta en la pared
que ya no recordamos cuándo apareció,
solo que ya es parte de la casa.

¿Desde cuándo la miseria
no nos arranca un gesto?
¿Desde cuándo el frío ajeno
no nos quita el sueño?
¿Desde cuándo la indiferencia
dejó de ser una decisión
para volverse reflejo?

La pobreza no empieza cuando falta el pan.
Empieza mucho antes:
cuando sobra el silencio
frente a la mesa compartida,
cuando sobra la prisa
para no detenernos,
cuando sobra la razón
bien construida
que convierte al otro
en un número,
en un riesgo,
en un “no es mi culpa”.

Si un día la pobreza te parece inevitable,
entonces no es la pobreza lo que has asumido:
es la derrota.
Si un día caminas entre ella
como quien camina entre sombras
que no son suyas,
entonces no es el mundo el que está roto:
eres tú quien ha pulido el borde del dolor
hasta hacerlo cómodo.

Porque aún estamos a tiempo
de que nos duela.
De que la calle nos interpele.
De que el hambre del otro
nos quite el apetito.
De que la mano tendida
no sea una molestia,
sino un espejo.

La pobreza terminará
no cuando sobre el dinero,
sino cuando sobre la vergüenza
de mirar hacia otro lado.
Cuando sobre la indignación
a la que no le ganó el cansancio.
Cuando sobre la ternura
para quedarse un minuto más,
para sentarse al borde de la acera
y devolverle al otro
su nombre,
su historia,
su dignidad.

No es la falta,
es la costumbre.
Y lo que se hizo costumbre,
se puede revertir.
Se puede,
porque el alma todavía tiembla,
porque la conciencia todavía arde,
porque mientras haya uno que no se acostumbre,
la pobreza no tendrá la última palabra.

—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA 
Abril, 2024.