Cierro el libro.
El silencio no dura.
La pausa intenta cerrar algo,
pero lo que duele
no estaba donde yo estaba.
Levanto la mirada.
La ciudad sigue allí.
No se detiene.
No pregunta si alguien quedó atrás.
Los árboles esperan la tarde.
Un ritual
que el habitante ya no reconoce.
Los insectos cruzan la calle
sin pausa,
como si el tiempo
no hubiera aprendido a quebrarse.
Pero algo se ha roto.
En la forma
en que las cosas
se nos van mientras las miramos.
Los ojos ya no se detienen.
Saltan.
De un cuerpo a otro,
de una luz a otra,
rebotan
como una moneda nerviosa.
De un destello a otro.
Ninguno se queda.
La atención ya no habita:
impacta.
Antes
una piedra bastaba.
Nos devolvía
una forma,
una historia,
una resistencia.
Ahora no.
Los ojos atraviesan las cosas
sin tocar fondo.
Como relámpagos breves
que no alcanzan a iluminar.
Pero la realidad continúa
sin necesidad de nosotros.
Y la mirada,
(no sé cuándo)
aprendió a irse
antes de llegar.