Dices que me amas.
Pero lo dices como se dicen muchas cosas:
sin peso,
sin urgencia,
sin consecuencias.
El amor, si fuera real,
se notaría en lo simple.
En estar.
En cumplir.
En elegir.
Pero contigo todo es promesa.
Promesas que nacen fáciles
y mueren rápido.
Dices que vas a hacer las cosas,
que vas a cambiar,
que vas a intentarlo…
y yo, como un idiota esperanzado,
me quedo mirando el mismo vacío
donde deberían estar tus hechos.
Porque amar no es decirlo.
Amar es quedarse
cuando todo empuja a irse.
Amar es elegir
incluso cuando hay más gente,
más ruido,
más distracciones.
Pero tú eliges a todos antes que a mí.
Siempre hay alguien más.
Algo más.
Una prioridad distinta.
Y yo quedo al final,
como una idea que te gusta tener
pero que nunca te tomas en serio.
Lo más oscuro de todo
no es que me estés perdiendo.
Es que ni siquiera luchas por evitarlo.
Me ves cansarme.
Me ves callarme.
Me ves romperme en silencio.
Y aún así
no haces nada.
Es extraño
cómo alguien puede decir “te amo”
mientras te abandona
pedazo por pedazo.
Como si el amor fuera solo una palabra
que sirve para retener a alguien
mientras, lentamente,
lo dejas morir por dentro.