◇ Amistad
Andrea, frecuentaba la casa de su gran amigo Antonio. El departamento, en un segundo piso antiguo, solía estar en penumbra, con las persianas a medio cerrar y el aire detenido, como si el tiempo también dudara en avanzar allí dentro.
Antonio vivía casi siempre solo. A veces se lo veía sumido en una melancolía serena, de esas que no hacen ruido pero se quedan. Era enamoradizo de ideas, de proyectos que nacían con fuerza y se apagaban sin llegar a convertirse en planes.
Andrea lo observaba en silencio.
No podía evitar pensar que algo en él estaba estancado.
Con el tiempo, esa sensación se volvió necesidad: hacer algo para cambiar esa vida.
Pensó en sus amigas. Ninguna encajaba del todo. Algunas eran demasiado impulsivas, otras no compartirían los gustos de Antonio. Las descartó una a una, casi con culpa.
Entonces decidió crearla.
Poco a poco fue dibujando una imagen de mujer. Eligió su forma de ser, sus gustos, su manera de hablar. Imaginó una voz suave, una risa contenida, una mirada atenta.
Mientras tanto, lo escuchaba a él.
Cada palabra era material.
Cada silencio, una pista.
Cuando creyó tener el perfil completo, comenzó la búsqueda. Horas frente a la pantalla, revisando rostros, edades, intereses. Nada coincidía del todo.
Hasta que un día apareció un nombre.
Al volver del trabajo, Antonio encontró una nota en el suelo, apenas visible contra el mosaico claro. Se inclinó y la recogió.
—He llegado a tu vida. ¿Sabrás esperarme?—
No había firma.
Ni fecha.
Al principio sonrió, pensando en una broma.
Pero más tarde, al releerla, algo no le cerró.
Esa noche le costó dormirse.
No por miedo, sino por una sensación nueva: la de estar siendo esperado por alguien que él no conocía.
Pasaron varios días sin novedades.
Ahora estaba más atento al entrar y salir tanto de su casa, como del trabajo.
Una tarde fría, al llegar a su casa, encontró una pequeña canasta junto a la puerta. Miró alrededor. Nadie.
Levantó la manta.
Un cachorro color chocolate lo miró, temblando.
Antonio sonrió sin darse cuenta.
Lo llevó adentro. El departamento, por primera vez en mucho tiempo, no le pareció tan vacío.
Debajo de la manta había un papel con indicaciones de cuidado. Nada más.
Esa noche cenó distinto. Más atento. Más presente.
Antes de acostarse, acomodó una manta en el suelo.
—Toba —dijo de pronto.
El nombre llegó solo, como un recuerdo.
Andrea escuchaba esos cambios con una mezcla difícil de sostener. Sonreía, acompañaba, preguntaba. Pero algo empezaba a incomodarla.
No era culpa del todo.
Todavía.
Era una leve tensión que aparecía cuando se quedaba sola.
—¿Hasta dónde voy a llegar con esto?— pensaba.
La respuesta siempre era la misma:
—Es por su bien.—
Y seguía.
Con el tiempo encontró a alguien que se acercaba a ese perfil. Gala. Treinta y dos años, separada, amante de los animales, del cine, de las salidas simples.
Andrea creó un correo.
Se interpuso entre ambos.
Al principio, ajustando palabras.
Después, apenas acompañando.
Los mensajes comenzaron a fluir.
Antonio, aunque desconfiado, aceptó el juego.
Gala, sin saberlo, también.
Pero lo que Andrea no midió fue el tiempo.
Ni la realidad.
Ni el momento en que todo dejaría de depender de ella.
Un día, Gala dudó.
Algo no cerraba.
Fue hasta la dirección donde había dejado el cachorro.
La atendió un anciano.
—Aquí no hay perros —dijo.
La confusión fue suficiente.
Esa misma tarde, decidió avanzar. Preguntó. Insistió.
Y del otro lado, Antonio también empezó a ver grietas.
A la mañana siguiente, no fue al trabajo.
Fue a ver a Andrea.
Ella abrió la puerta sin imaginarlo.
Antonio entró en silencio. Miró alrededor, como si buscara algo que faltaba.
—Fuiste vos —dijo.
No fue una pregunta.
Andrea no pudo sostener la mirada.
Ese gesto bastó.
—Todo —agregó él—. La nota. El perro. Los mails.
Andrea intentó hablar.
—Yo quería ayudarte…
Antonio soltó una risa breve.
—¿Así?
Caminó unos pasos.
—¿Armándome una vida?
Andrea no respondió.
—No tenías derecho —dijo él.
Sin levantar la voz.
Fue peor así.
Abrió la puerta.
Se detuvo un instante.
—Lo peor… es que funcionó.
Y se fue.
El tiempo pasó.
No de forma limpia.
Pero pasó.
Antonio volvió a leer los mensajes. Sin bronca esta vez. Había algo ahí que no era mentira del todo.
Pidió la dirección real de Gala.
No para entender.
Para intentar.
El día del encuentro, el bar estaba lleno.
Antonio llegó primero, con una bufanda negra en la mano.
Miró alrededor.
Entonces la vio.
Y ella lo vio.
Sonrieron.
Como si algo ya los uniera, aunque no supieran bien qué.
Andrea no estuvo allí.
Pero esa tarde, sentada en silencio, comprendió algo que no había querido ver:
que no se puede forzar la vida de otros sin romper algo en el camino.
Y que, a veces, incluso las buenas intenciones tienen un costo.
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Autor:
Vientoazul 🦋⃟ ©