Carlos Andrey Vargas Araya

 El año que ya no nos pertenece

 

Te escribo desde un año que se ha ido,
como quien llama a una puerta ya sellada
por el musgo del tiempo y el olvido,
y espera, sin querer, que sea abierta.

Hola… ¿estás bien? pregunta tan pequeña,
mas lleva en su interior todos los años
en que tu nombre, como antigua leña,
ardía entre mis labios temblorosos.

Fue arduo escribirte no por orgullo vano
sino por ese culto reverente
que aprende el corazón cuando ama en solitario
y guarda su silencio dignamente.

Me hiciste venturoso, y así lo digo,
en el tiempo pasado, como dicen
las cosas que aún duelen cuando las repito
y en el presente, heridas, se desdigan.

Era yo tan joven; y era la existencia
un idioma que apenas balbuceaba
entre tus manos llenas de inocencia,
y en sus sílabas torpes, me encontraba.

Te recuerdo cual luz que antecedía
la sombra, antes de que yo comprendiese
su valor: absoluta, entera, mía,
hasta que el alba con su don me hiciese.

Eras todo en mi mundo, estrella fija
del firmamento que llamé mi vida;
yo era apenas la sombra que prolija
seguía al sol sin ser jamás seguida.

Aun así, dar las gracias es un modo
de habitar lo que fue, de no marcharse
del todo aunque en silencio, aunque en el lodo
de aquello que no puede repetirse.

Sé que no me quisiste, y lo proclamo
no con reproche amargo ni quejido,
sino con la serenidad del ramo
que al caer a la tierra ha florecido.

Perdí hace tiempo ya, y de esa herida
aprendí a respirar bajo las olas,
como aprende el náufrago que la vida
continúa aun entre las mareas solas.

Hubiera sido bello que tu pecho
albergara por mí lo que yo albergo;
mas la hermosura evita ese estrecho
y a veces sólo existe en lo que sueño.

Si acaso me recuerdas, guarda esto
que te dejo inscrito en el momento:
honré lo nuestro con amor modesto,
cuidé la llama contra viento y viento,

durante años que ignoraron nuestros nombres,
que pasaron ajenos a ese fuego,
sin testigos, sin fechas, sin renombres,
solo el amor ardiendo en su sosiego.

Y llega entonces tu voz breve, intacta
como carta sin fecha ni saludo:

\"Hola, sí, estoy bien… la vida acata
su curso; está bien recordar, mas mudo
ya el pasado… la vida sigue…\"

Y en esas pocas sílabas escuetas
cabe todo el amor que no nos sigue,
todo el silencio de las horas quietas.

Buenas noches, dijiste y en esas voces
cerraste la ventana de mi historia.

Y entiendo al fin, con sus tardíos goces,
que el amor sin respuesta no halla gloria
en el olvido: muere en una frase
cortés, breve, sin grieta por donde entrar,
en una despedida que no hace base
para que nadie pueda ya quedarse.