Eduardo Villacal (seudónimo)

Rio

I

En una de esas
te quiero aún,
con la furia
de una luz
que rasga el universo,
o con la levedad
de una mariposa
que apenas toca
un pétalo de rosa.

 

II
Al fin, no eres
la persona concreta.
Eres la herida,
el recuerdo.
La promesa fallida,
el silencio.
Lo que quedó
sin resolverse.
La ausencia
que llegó al borde
del infinito.

Eres símbolo.
Origen.
Pregunta.
Una posibilidad
no vivida, y que nunca
llegó a ser probable.

 

No me faltas,
me acompañas.
Y por eso te escribo.

 

III
No importa
si nunca lo lees,
si no estás
si no sabes nada,
si cambiaste,
envejeciste,
o eres otra.

No eres destinataria.
Eres dirección.
Le hablo,
le escribo
a la versión tuya
que se quedó
dando vueltas
en mí.

 

Un fantasma.

 

IV

Dante nombró a Beatriz
solo una vez,
y la siguió para siempre.
Pizarnik orbitó su vida
alrededor de un vacío.
Entonces algo

de este temblor
viene de lejos,
de otros,
como si una herida
se reconociera en las otras.

 

La soledad 

es una conversación infinita. 

 

V
No sé si te amo.
Ni siquiera sé
si quiero volver a verte.
Nunca fuiste destino.
Fuiste el inicio
donde empecé a tomar forma,
a sentir

al borde de ti
y de tu gesto breve,
y que todavía sostiene
el origen
de un lenguaje
íntimo,
distinto.

Y los orígenes
no desaparecen:
se transforman en símbolos.

 

Y los símbolos
se quedan inmóviles.

 

VI

A veces el pasado lacera,
y otras abraza.
No estoy atrapado.
Estoy, tal vez, enriquecido.
Aún te tengo

en el punto de incandescencia
que la mayoría de las veces,
cede con el tiempo,

ese temblor primero
que no supe perder.

 A veces te extraño,
y es extraño
para quien nunca sintió
un temblor así.
Aunque no para mí,
que vivo dentro
de un lenguaje
que aún me conmueve,

 

y que no deja
de nombrarte.