No, no aceptes el sueño de la sombra, alma mía,
no te acuestes como quien se rinde a una cama inútil.
La vejez no es paz, es la última batalla del incendio,
¡arde, delira, canta con voz de trueno en la penumbra!
¡Enfurécete, enfurécete ante la traición de la luz!
El sabio, en su escritorio de fríos y ordenados silencios,
sabe que la noche es la línea recta hacia el olvido;
más como su verbo fue agua, nunca rayo ni relámpago,
y su alma nunca encendió la bahía con la fuerza del sol,
no entra dócil, no, él también se enfurece bajo el techo ciego.
¿De qué sirve la sabiduría si la luz muere sin eco?
La noche no es justa, es solo la oscuridad que nos gana.
¡Que arda el último minuto con la fuerza de un incendio!
No dejes que se apague el verbo, no entres manso,
¡batalla, enfréntate contra la muerte de la luz!