¡Miradlo bien!, sentado en su trono de cuero gastado, con el ceño fruncido y el índice levantado. ¡Qué espectáculo ofrece este hombre de poca monta, que al mandar al prójimo, sus propios miedos remonta! Cree que el mundo gira por su orden tajante, este capitán de un barco... que apenas es flotante.
¡Haced esto!, brama con voz de cartón, olvidando que el mando no da la razón. Se pasea altivo, como un pavo real en el lodo, pretendiendo ser dueño del tiempo y de todo. ¡Oh, qué amarga comedia es ver al Mandón confundir el respeto con la simple sumisión!
Exige excelencia con su vara de injusticia, mientras su propia alma se ahoga en la codicia. No pide esfuerzos, pide la vida entera, como si el hombre fuera una simple madera que él puede tallar a su antojo y capricho, encerrando el talento en su oscuro nicho.
¡Pobre señor de las horas y el grito!, su poder es un sueño, un castillo marchito. ¿No entiende que el mando que ignora la bondad es solo una máscara de su propia orfandad? Manda, patrón, y grita tus órdenes al viento, que el hombre libre te mira... con hondo sentimiento.