JUSTO ALDÚ

GUERRAS LEJANAS, DOLOR CERCANO

Ceno.

La sopa aún respira en el plato

como un pequeño volcán doméstico,

y en la pantalla

un país se desangra en alta definición.

 

El mundo cabe en un rectángulo de luz

que parpadea como un ojo enfermo.

Allí,

los misiles dibujan constelaciones nuevas,

una astronomía de fuego

que nadie pidió estudiar.

 

Mastico.

Y algo cruje—

no sé si es el pan

de estos absurdos que siempre me indigesta,

o la columna vertebral de una ciudad.

 

Las noticias hablan en voz neutra,

como si nombrar la muerte

fuera apenas cambiar de canal.

“Daños colaterales”, dicen,

y la frase huele a metal caliente,

a hospital sin ventanas,

a infancia interrumpida por un estruendo

que no conoce el significado de la palabra “mañana”.

 

Allá,

una madre recoge los pedazos del aire

donde antes estaba su hijo.

Aquí,

yo recojo migas de pan

y las ordeno como si fueran inocentes.

 

Cambio de canal.

No porque no duela—

sino porque duele

y tengo hambre.

 

La distancia es una anestesia elegante:

no sangro,

no corro,

no entierro a nadie—

pero algo en mí

se va llenando de ceniza invisible.

 

“¿Qué puedo hacer?”, me digo,

como quien se lava las manos

con una pregunta.

 

Los drones zumban

como insectos con diploma,

y llevan en sus alas

la firma invisible de hombres

que duermen bien.

 

Reviso el teléfono.

Un meme.

Una sonrisa breve.

La guerra cabe entre dos risas,

como una pausa mal escrita

en el idioma del mundo.

 

¿En qué momento

la guerra se volvió un programa nocturno?

¿Quién editó el dolor

para que quepa entre dos comerciales?

 

Mis ojos aprenden a mirar sin mirar,

a sentir sin quemarse,

a sobrevivir sin culpa—

o con una culpa tan fina

que se disuelve en la lengua

como sal.

 

Me digo:

mañana pensaré en esto.

Mañana dolerá mejor.

Mañana…

como si el tiempo fuera un refugio

y no otra forma de huida.

 

La pantalla ilumina mi rostro,

me vuelve espectador de un apocalipsis ajeno,

y sin embargo

algo late en sincronía:

cada explosión allá

resuena aquí,

en un órgano que no sale en los mapas.

 

Apago el televisor.

Pero dejo encendida la costumbre.

 

Y en la oscuridad

la guerra continúa—

no en la tierra lejana,

sino en este hábito monstruoso

de seguir viviendo,

de seguir comiendo,

de seguir diciendo “qué horror”

con la boca llena,

mientras otros

aprenden demasiado pronto

el verdadero sabor de la tierra.

 

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