Restauración
I
Mi desprevenida piel se rindió ante el mapa que trazaban sus manos al recorrer la geografía incipiente de mi confianza, rota en pedazos diminutos y afilados que aún no sabía cómo nombrar.
II
Me quedé a vivir en la tempestad tibia de sus brazos, mientras mi corazón desenterraba antiguos naufragios para ofrecérselos como un campo de batalla donde él juró plantar solo semillas de jazmines.
III
Aquel temblor que confundí con valentía fue, en realidad, el vértigo de saltar desde un precipicio con los ojos vendados por la promesa de un amor que nunca supo sostenerme en la caída.
IV
Confiada en la arquitectura frágil de un juramento, le abrí todas las puertas que daban a mi último refugio secreto y desmantelé las murallas que durante años me habían devuelto el eco de mi propio resguardo.
V
Su boca dibujó sobre mi cuello una geografía de posesión que deletreaba con letras ardientes la ilusión de ser, finalmente, la historia que me salvaría de todas las tormentas anteriores.
VI
La tormenta llegó con su nombre y con sus ojos, mientras yo me deshacía en la paradoja de ser a la vez su guerra y su tregua, sin comprender que el amor que me ofrecía era solo el reflejo de mi propio deseo incendiándose.
VII
Ahora solo me resta recoger los fragmentos de esta nueva derrota y aprender otra vez el oficio silencioso de habitar la soledad como una hermana antigua que me enseña a reconstruirme desde la pausa, y no desde la urgencia de ser amada.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Abril, 2024.