Efrain Eduardo Cajar González

El teatro

I
Se abre el telón como un umbral
entre lo real y lo fingido,
y en ese instante el mundo cambia
para quien entra y para quien ha venido.
La escena late, respira y llama,
invita al alma a presenciar
cómo la vida toma forma
en otro modo de existir y actuar.

II
Sobre las tablas nace el tiempo
con un pulso distinto al de ayer,
donde un instante puede ser eterno
y un suspiro se vuelve un ser.
El actor se disuelve en el personaje,
deja su nombre al comenzar,
y en ese acto de entrega profunda
aprende otra forma de habitar.

III
El teatro es máscara y espejo,
verdad vestida de ilusión,
una mentira que revela
lo más oculto del corazón.
En cada gesto, en cada pausa,
se esconde una revelación,
pues lo que parece fingido
puede ser pura expresión.

IV
Las luces dibujan silencios,
la sombra escribe su razón,
y cada escena construye un mundo
que existe solo en percepción.
Nada permanece cuando acaba,
todo se queda en el sentir,
como un sueño compartido
que se desvanece al concluir.

V
El público guarda el misterio
de dar vida al acontecer,
pues sin sus ojos atentos
la obra no logra nacer.
Es un pacto invisible y profundo
entre quien da y quien recibe,
donde el arte se hace presente
y en cada alma se escribe.

VI
El teatro recuerda al hombre
que no es uno, sino plural,
que en su interior viven historias
que buscan salir a hablar.
Cada personaje revela
una parte del ser real,
una voz que en la vida diaria
no siempre se deja escuchar.

VII
Desde lo trágico a lo cómico
recorre el espectro humano,
la risa que alivia el peso
y el llanto que estrecha la mano.
Porque en el drama encontramos
lo que tememos enfrentar,
y en la comedia aprendemos
a volver a respirar.

VIII
Las palabras toman cuerpo
y el silencio dice más,
cada mirada es un universo
que no se puede explicar.
Y en ese lenguaje vivo
que no se puede fijar,
el teatro se vuelve instante
que no se puede atrapar.

IX
Es arte efímero y eterno
al mismo tiempo en su verdad,
pues muere en cada función
y renace en cada oportunidad.
No se repite, no se detiene,
no se puede conservar,
solo vive en quien lo siente
y en quien lo vuelve a crear.

X
El escenario es territorio
donde el alma se atreve a ser,
sin máscaras que oculten miedo
ni barreras para ceder.
Allí el ser humano se expone
con toda su fragilidad,
y en esa entrega encuentra
una forma de libertad.

XI
El teatro es memoria viva
de lo que fuimos y seremos,
un archivo de emociones
que juntos reconocemos.
En cada obra hay un reflejo
de la historia universal,
y en cada actor un fragmento
de lo que nos hace igual.

XII
Así el teatro sigue vivo
mientras haya quien quiera mirar,
mientras alguien suba a escena
y otro se siente a escuchar.
Porque en ese encuentro simple
se revela lo esencial:
que la vida es también un acto
que aprendemos a representar.