William26🫶

Contra El Mandato

Contra el mandato

por Wcelogan

 

Éramos jóvenes.

Y la juventud

es un territorio sin testigos.

Dos gotas de sangre

inscritas en la misma corriente,

condenadas a reflejarse

en el espejo del otro.

Nos dijeron hermanos.

Nos dieron ese verbo

como quien traza un límite,

como quien bendice

lo que no cabe en la boca.

Pero algo —

apenas perceptible—

respiraba debajo.

No era deseo.

Era una deriva,

una inclinación mínima,

un quedarse más de la cuenta

en el borde

donde la sangre duda

de lo que la obliga.

Jugábamos

como si el cuerpo ignorara su forma

antes de aprender el nombre

de lo que hace.

Pero el juego

se volvió otra cosa.

Adquirió peso,

densidad,

una insistencia sin contorno

que no cabía

en ninguna palabra.

Nunca hubo un gesto decisivo.

No hay memoria de ruptura.

Solo un avanzar sin huella,

un coincidir

en la misma sombra.

A veces

la culpa persistía,

como una advertencia sin ojos

adiestrada para oler

lo que aún no ocurre.

Pero no nos encontró.

O no supimos

reconocernos en su rastro.

Porque no tenía forma de falta.

El pecado exige claridad,

un acto,

una caída que pueda contarse.

Esto no.

Era anterior a la palabra

y posterior al juicio.

Un lugar sin registro.

Un margen.

Ahí habitamos.

Sin cruzar del todo.

Sin volver jamás.

Nunca quise nombrarlo.

Nombrar es entregar el temblor

a la boca ajena.

Y eso

no soporta la luz

de ninguna lengua.

Era más antiguo que la culpa.

Más hondo que la carne.

Como si en algún pliegue

anterior al nombre

ya hubiéramos sido

esto.

Dos mitades oblicuas

de una misma oración.

Y un dios —si aún mira—

sosteniendo la palabra

en el umbral del juicio,

como quien reconoce, en silencio,

que no debimos ser.