Contra el mandato
por Wcelogan
Éramos jóvenes.
Y la juventud
es un territorio sin testigos.
Dos gotas de sangre
inscritas en la misma corriente,
condenadas a reflejarse
en el espejo del otro.
Nos dijeron hermanos.
Nos dieron ese verbo
como quien traza un límite,
como quien bendice
lo que no cabe en la boca.
Pero algo —
apenas perceptible—
respiraba debajo.
No era deseo.
Era una deriva,
una inclinación mínima,
un quedarse más de la cuenta
en el borde
donde la sangre duda
de lo que la obliga.
Jugábamos
como si el cuerpo ignorara su forma
antes de aprender el nombre
de lo que hace.
Pero el juego
se volvió otra cosa.
Adquirió peso,
densidad,
una insistencia sin contorno
que no cabía
en ninguna palabra.
Nunca hubo un gesto decisivo.
No hay memoria de ruptura.
Solo un avanzar sin huella,
un coincidir
en la misma sombra.
A veces
la culpa persistía,
como una advertencia sin ojos
adiestrada para oler
lo que aún no ocurre.
Pero no nos encontró.
O no supimos
reconocernos en su rastro.
Porque no tenía forma de falta.
El pecado exige claridad,
un acto,
una caída que pueda contarse.
Esto no.
Era anterior a la palabra
y posterior al juicio.
Un lugar sin registro.
Un margen.
Ahí habitamos.
Sin cruzar del todo.
Sin volver jamás.
Nunca quise nombrarlo.
Nombrar es entregar el temblor
a la boca ajena.
Y eso
no soporta la luz
de ninguna lengua.
Era más antiguo que la culpa.
Más hondo que la carne.
Como si en algún pliegue
anterior al nombre
ya hubiéramos sido
esto.
Dos mitades oblicuas
de una misma oración.
Y un dios —si aún mira—
sosteniendo la palabra
en el umbral del juicio,
como quien reconoce, en silencio,
que no debimos ser.