El hombre de la orquidea

Para cuando tu pluma mude de cielo

Si un día tu voz se nos vuelve de viento,

y el río en Gualaceo murmura tu adiós;

si dejas la pluma y el pensamiento

para irte a la cátedra eterna de Dios...

No pienses, amigo, que el mundo te olvida,

ni que este rincón de palabras se enfrió;

tu fe es la huella que queda encendida,

el rastro de luz que el Maestro dejó.

Yo guardo tu Ikat, tu Cajas, tu río,

tus canas amadas, tu amor por la paz;

y aunque ese día me consuma el frío,

te extrañaré siempre, ¡amigo fugaz!

Vuela tranquilo, que el verso es eterno,

la mochila es leve, la cuenta es de luz;

venciste las sombras del largo invierno,

¡llevando en el pecho... tu propia Cruz!

Pero Edgar, hoy es \"Aquí y Ahora\". Hoy todavía hay tinta, hoy todavía hay fotos por revelar y hoy todavía tienes mucho que dar a esos jóvenes universitarios. No te me vayas todavía, que el libro de Gualaceo reclama tu mano.