Lloraba en días de ceniza,
cuando tu sombra se alejaba
como un río que nunca regresa.
Extendía mis brazos al vacío,
pidiendo un abrazo,
y sólo escuchaba
el eco de tu sentencia:
“todos los días son iguales”.
Entonces el cielo se volvía de cristal,
y cada grieta en su superficie
era un espejo de mi llanto.