Lo veo pasar y algo en mí se enciende,
una chispa pequeña, casi vergonzosa,
como si mi corazón recordara un idioma
que yo creía olvidado.
Él camina solo,
recogido en su silencio,
como si el mundo le pesara demasiado
y la gente fuera un ruido que prefiere evitar.
Y yo, que tampoco sé hablar cuando tiemblo,
me quedo quieta,
observándolo desde la distancia justa
para no romper su calma
ni delatar la mía.
Cada vez que se acerca,
mi pecho se vuelve un tambor desordenado,
una música que no logro contener.
Las palabras se me traban,
las manos se me vuelven torpes,
y aun así quiero quedarme ahí,
en ese instante que apenas existe,
donde su presencia roza mi mundo
y lo acomoda de otra forma.
Hay algo en él
que me llama con una suavidad inexplicable,
como si su silencio reconociera el mío.
No es amor todavía,
pero es una luz frágil,
una emoción que respira despacio
y me llena de un calor que no admito en voz alta.
Y aunque no me atreva a hablarle,
aunque su timidez y la mía se miren de lejos
como dos animales cautelosos,
yo guardo este sentir con cuidado,
como quien protege un secreto luminoso,
esperando que un día,
sin prisa y sin miedo,
él también me mire
como yo ya lo miro.