Romey

El maletín

A las siete de la madrugada en el muerto corazón de una enorme metrópolis un multimillonario camina por la acera sosteniendo un maletín repleto de billetes de quinientos. Pisa la monda de un plátano y cae al suelo de espaldas golpeándose la cabeza y quedando inconsciente al instante; el maletín es arrojado al aire, choca con el globo de un niño y se precipita sobre el parabrisas de un taxi. El conductor sale visiblemente crispado y berreando como un viquingo borracho. El dueño del maletín, todavía tendido sobre los adoquines, queda fuera del ángulo visual del taxista, que, desesperado al no hallar al causante de sus daños y prejuicios, arroja el maletín contra un vagabundo que hace el papel de aparcacoches en esa misma calle en tal momento como casi a diario. El andrajoso barbudo, flaco y piojoso, lo recibe como un pase de melón en el fútbol de los gringos, y sale quemando lo poco que queda de las suelas de sus alpargatas. Ataja por una senda estrecha hasta una casa abandonada que le sirve de piso franco, y una vez allí trata de abrir el maletín primero a dentelladas y posteriormente a mamporrazos e incluso lanzándolo con potencia contra la pared, pero sin obtener el resultado deseado. Entonces lo esconde en un cubículo ubicado bajo las escaleras y le tira encima unos escombros y sucios papeles publicitarios y otros de propaganda electoral. Tras dar varias vueltas decide colarse al garaje de su padre para robarle una sierra o lo que más le convenga de lo que tenga en la mesa taller el anciano. Se va y pasado un rato entra en la casa abandonada un agente de una inmobiliaria para revisar el estado de la obra a medio hacer, y también unos minutos más tarde una pareja de adolescentes que van besuqueándose y metiéndose mano a la vez que atraviesan la verja de la entrada. Cuando regresa el vagabundo se lleva un disgusto al ver a los jóvenes amantes sentados muy juntos en un escalón, justo encima del tesoro. Ellos, notablemente intimidados por el individuo que había hecho su aparición mientras se masturbaban mutuamente, inmediatamente se levantaron, cerraron sus respectivas cremalleras y se dispusieron a irse a la carrera cuando oyeron la voz de un hombre más arriba, éste exclamó: pero qué está pasando aquí? Y los largó a los tres amenazando con llamar a la policía si no reaccionaban rápido. La pareja echó a correr, pero el cuerpo del vagabundo temblaba como un poste durante un terremoto. El otro le insistió, sacó el móvil de un bolsillo y tecleó un número al azar, pues no sabía cuál era el de la policía, sin embargo este acto consiguió espantar al vagabundo, que planeó volver después del crepúsculo nocturno. El agente inmobiliario llamó a un amigo suyo que era carpintero aficionado y le instó a que viniese con un cargamento de tablas para tapiar todas las posibles entradas del inmueble del que a la larga calculaba podría sonsacar un beneficio extraordinario si su superior le daba permiso para remodelarlo a su antojo; dada la inmejorable localización era una ocasión perfecta para remontar su mala racha de ventas. A las dos horas una ranchera con remolque estacionó en la acera de enfrente; un tipo robusto y alto como un mástil salió del coche y se puso manos a la obra. Al anochecer ya había terminado el trabajo y los dos se fueron andando a un bar cercano. El vagabundo venía de frente por la misma acera y se ocultó tras un muro al haber reconocido al hombre que lo había empujado lejos de su tesoro viniendo directo hacia él, aunque no llegaron a cruzarse porque ellos hicieron un giro, escogieron una mesa en la terraza del bar y se sentaron de espaldas a la calle. El vagabundo llegó a la casa y se llevó un gran chasco al comprobar que todo había quedado tapiado a cal y canto. Los maderos que obstruían la entrada estaban sellados con cadenas y un candado. Extrajó de la mochila un soplete y empezó a calentar el acero, pero no se daba fundido. Las colaterales chispas incendiaron un pasto seco a menos de un metro de la entrada. El fuego se contagió a la casa, que sirvió de pira funeraria para aquel lote de ochenta millones. Los políticos culparon a los bomberos en huelga del incidente, y la policía al vagabundo que murió consumido por las llamas, abrazado al maletín cuyo contenido no conoció nunca