Cambiar el pasado es posible,
no en sus hechos,
pero sí en la luz que los nombra.
Se le puede dar otra visita al recuerdo,
volverlo agua tranquila y placida,
no sentir tanto donde antes dolía,
y llamar intento
a lo que un día fue caída.
Se puede soltar a quienes hirieron,
dejarlos ir sin eco ni sombra,
y alzar, en cambio, un altar de memoria
para aquellos que fueron abrigo,
que sostuvieron tu nombre
cuando apenas eras certeza.
El pasado no es piedra:
es arena tibia en las manos del tiempo.
Se amolda, respira, se inclina,
se deja decir de otra forma.
Y en su latido aún viven
los ojos que te miraron con bondad,
las voces que te nombraron sin herida.
Del pasado se aprende el arte secreto:
querer sin poseer,
mirar sin juicio,
quedarse sin cadenas dolorosas.
Es una puerta entreabierta,
que a veces cruje en la noche
y deja pasar un hilo de ti mismo,
para recordarte
quién fuiste,
quién eres,
y hacia dónde te debes.