Un día cualquiera,
a una hora cualquiera,
cuando el tiempo cumplía
su rutina silenciosa,
estaba sentado en la mesa
de aquella biblioteca
que conocía de memoria,
como se conoce un refugio.
Entonces ocurrió.
No fue un ruido.
Ni un movimiento.
Fue la luz.
Un rayo silencioso
se apoyó sobre la madera.
Y lo vi.
Un libro
me hablaba
con un lenguaje luminoso,
con esa discreción
con la que a veces la vida
decide llamarnos.
Alcé la mirada.
Allí estaba.
Sin ojos.
Sin palabras.
Pero con la certeza
de lo que ha sido esperado.
Me acerqué lentamente.
Mi mano
fue hacia él.
Lo observé.
No había título.
Ni autor.
Ni huellas.
Solo una cubierta sobria
y un silencio que habla.
Lo abrí.
Las páginas
estaban en blanco.
Y, sin embargo,
no estaban vacías.
Esperaban.
El libro parecía vivo.
Una materia silenciosa
respiraba
en el papel.
Esperaba
una pregunta,
una duda,
un gesto.
Y entonces,
sin moverme,
sentí que algo
se escribía lentamente.
Como si la tinta
naciera desde dentro.
Como si el tiempo
decidiera explicarse.
Y así,
me respondió:
yo soy tú
José Antonio Artés