Es la hora de soltar el hilo que te unía a las nubes,
pequeño habitante de la luz y los relámpagos.
Ya no bastará el aroma del tomillo en el patio de la infancia,
ni el reino de cristal donde tus ojos guardaban los incendios.
Acepta este barco que hoy te entrega la vida,
un navío de madera ruda, hecho de pan cotidiano y de raíces.
Amarás, hijo mío, con la fuerza de los ríos que bajan de la montaña,
y el amor será un racimo de uvas, una lámpara de miel en el pecho;
pero acepta también el desamor, ese viento de sal que todo lo borra,
esa cicatriz de luna que te enseñará a caminar en el desierto.
No llores por el juguete roto, que el mundo no es una alfombra,
es una inmensa maquinaria de metales y hombres olvidados.
Mira hacia el horizonte, la humanidad tiene manos de escarcha,
un cansancio de siglos que se amontona en las esquinas,
pero tú debes cruzar esa calle con tu lámpara encendida.
Acepta que el tiempo te crezca en las manos, como un musgo lento,
que el cabello se llene de ceniza y la piel sea un mapa de naufragios.
Envejecer es el arte de volverse montaña, de ser más tierra que aire,
de cambiar la carrera del niño por el paso firme del guerrero.
Acepta el sueño, pero también la herramienta y la fatiga.
Deja que el corazón se endurezca como un hueso de durazno
para proteger la semilla que mañana ha de ser un árbol.
Porque tú, pequeño capitán, eres el dueño de tu propia aventura,
ve y conquista la realidad con tu corona de espinas y de rosas,
y recuerda que solo el que acepta su invierno,
tiene el derecho de despertar, de nuevo, frente al mar del futuro.