Entre más lo pienso,
más entiendo que era inevitable.
Intenté seguir tu ritmo,
me atreví a darte todo,
pero en esos ojos
ni siquiera habitaba yo.
Sabía que tenerte
era empezar a perderme,
y aun así me quedé.
Hoy no me siento vacío,
ni siquiera apagado…
estoy lleno,
pero de un dolor inmenso.
No por haberte amado,
ni por tener que alejarme,
sino por descubrir
que di todo de mí
y aun así no fue suficiente.
Y está bien.
Porque en medio de todo esto
también entendí algo:
valgo más de lo que creía.
Fuiste la razón
que me obligó a abrir los ojos,
a soltar la atadura
y aprender a irme.