El día que tú llegaste, amor,
yo aún no era consciente
de esa belleza antigua
que duerme en los trazos
de tu rostro sereno...
Ni de la luz secreta
que arde escondida
en el fondo de tus ojos,
con ese brillo melancólico
que derrama una elegancia
indómita, sensual, casi salvaje,
y tan tuya...
como si brotaras de un lienzo
de sombras y azahar
del gran Julio Romero.
Y aun sin comprenderlo,
me enamoré de ti
-perdidamente-
sin ese temblor cobarde
que a veces siembra
el miedo al rechazo.
Ay amor!...
(que yo te amo)
como si mi sangre, ya te recordara,
como si después de una vida esperándote
el aroma de tu piel
me fuera tan propio como mi propio aliento
y así te siento...
notando el calor de tu pecho
contra el mío desnudo,
aunque no pueda evocarlo;
como siento tu aliento en mi nuca
y el sabor que conserva mi boca
cada vez que despierto
tras haberte soñado.
Porque siempre has sido tú
el destino custodiado por mi sangre:
tú o ninguna.
Y por eso, yo...
Te amo!.