Alzó su batuta, el público sentado,
expectante, con pajarita ellos, con raso
ellas, mi violín, ayer, no sonaba bien,
una cuerda, por arte de birlibirloque,
saltó en pleno ensayo, tan nefasto fue
que me saltó el ojo izquierdo, el más
alejado de la mentonera, el que me vale
para saber que toco la cuerda correcta,
tal que tuve que tocar a ciegas, al tacto,
y mi destreza no me daba crédito.
El director nos dio ya el toque de atención,
tuve que olvidar, a la fuerza, el rallamiento
que tenía, la desconfianza en que pudiera
pasar desapercibido ante tanta perfección
artística ambiente, y una especie de brote
gracioso —por aquello de la gracia divina—
me vino a visitar y el violín, reparado como
dios me dio a entender, sonó como un ángel.
Comenzó el introito de la ópera.
La obertura es la parte, a mi juicio, más
delicada porque el público, entendido de
tanta asistencia al teatro, cazaba al vuelo
cualquier nota fuera de sitio, y mi percance
de ayer me hacía carne de cañón al respecto.
El público permanecía callado, parece que
respetuoso y valorativo de lo que sonaba,
y, a mi escaso entender, la orquesta estaba
haciendo justicia a su nombre: orquesta,
hasta que la prima saltó por el extremo
del clavijero y el corazón saltó al unísono
derramando su leche roja sobre el pecho.
El director, circunspecto, hizo una mueca
sobre el labio superior, una de rabia, furia,
de incomprensión como si fuese su primera
vez, lo que no casaría con una trayectoria
tan larga y de tanta sobrevivencia, y de tanto
caer y levantarse, o será que ya se ha olvidado
de sus comienzos y se ha instalado en la cima
de tal manera que su memoria devino vana.
No lo sé; el caso es que seguí tocando, haciendo
como que tocaba, mejor dicho, y él haciendo
como que dirigía, y mis compañeros haciendo
como si yo no existiera.
Qué alivio...