Antonio Portillo

Primavera con las manos manchadas de tierra


No viene cantando:
empuja.
Rompe la costra del frío
con uñas invisibles
y abre la tierra
como quien abre una herida
para que respire.
Los pájaros no celebran:
avisan.
Traen en el pico
un temblor antiguo
que no entiende de inviernos.
Llueve—
pero no es agua:
es memoria cayendo despacio
sobre lo que aún duele.
Y entonces ocurre.
Sin permiso.
Sin música audible.
Sin belleza que lo explique.
Un brote.
Solo eso.
Un gesto mínimo
que desarma la muerte.
La rama, que parecía rendida,
arde en verde.
Arde sin fuego.
Arde sin ruido.
Arde porque no sabe hacer otra cosa
que volver.
Y tú,
que también te creías invierno,
notas algo extraño:
no es alegría,
no es esperanza,
no es consuelo.
Es otra cosa.
Como si por dentro
alguien hubiera afinado una cuerda
que llevabas rota
desde hace años.
Y de pronto—
sin saber cómo—
respondes.

 

Antonio Portillo Spinola