Loresita

Arde el hombre

Desahuciado en la lumbre

en una lúgubre llama, arde el hombre.

 

Consumido por su lucha,

su alimento: el desecho de otro,

al que la historia lo benefició.

¡Arde el hombre, arde como nunca!

 

Arde, y nadie lo mira.

Comunicado con un Dios

que no se digna a fijarse.

Permanece inmóvil. Sordo.

 

Es erróneo suponer

cuando se encierra en la bruma.

 

Es mal visto entregarse

cuando no hay opción coherente.

 

Ha sido consumido por las horas.

Sus hijos ya no recuerdan su voz,

ni a sí mismo,

ni Dios.