No la poseo.
La pronuncio.
Y aun así—
no es mía.
La palabra no nace en la boca.
La boca la atraviesa.
Tampoco en la mano.
La mano apenas la fija
por un instante.
Antes de eso—
ya estaba.
No como sonido.
No como signo.
Sino como posibilidad.
Como forma latente
de lo que aún no es dicho.
La nombro
y algo se ordena.
Pero ese orden
no me pertenece.
Solo coincide conmigo
por un momento.
Luego se desplaza.
Se reconfigura.
Se rehace en otros.
La palabra no permanece.
Evoluciona.
Pero en esa mutación
conserva algo
una huella
que no depende del cuerpo
que la emitió.
Por eso persiste.
Aunque la voz cese,
aunque la memoria falle,
aunque el tiempo erosione
todo lo demás.
La palabra continúa.
No como eco.
Como estructura.
Como aquello
que sostiene lo que es
al ser nombrado.