I.
EL RELEVO DE LA ANTORCHA: CÁTEDRA DE LIBERTAD
No dejo el recinto, solo mudo la piel,
paso del surco tierno a la siembra madura;
cambio el aula del niño por un nuevo laurel:
mantener la conciencia despierta y segura.
A ustedes, que llevan la antorcha mañana,
les entrego el secreto que el tiempo grabó:
la clase no es mina ni ambición financiera,
es fuego del alma que el Cielo encendió.
No busquen el oro en las hojas del libro,
busquen la mirada que implora una luz;
que el pago sea el brillo, con santo equilibrio,
de aquel que en la ciencia cargó con su cruz.
La escuela es el puente que crea ciudades,
vincular es amar, la fe es redención;
formamos conciencias para realidades
capaces de prenderle fuego al corazón.
II.
EL CAMINANTE DEL SANTA BÁRBARA
Ya no cuento las horas ni el vicio del cuaderno,
ni corrijo la errata en la ajena lección;
hoy desato los nudos del antiguo invierno
y le entrego a la vida mi propia canción.
Quiero ser ese niño que corre sin miedos,
sin peso en los hombros, sin sombras ni ayer;
que juega con nubes entre sus diez dedos,
perdiendo el temor a volver a nacer.
Caminaré el río con sueños y quimeras,
con el ímpetu joven del que se arriesgó;
porque el mundo es de aquel que rompe fronteras
y no del que al miedo su paso entregó.
Pero seré el adulto, el juez del instinto,
dominando el impulso con fe y con razón;
tallando con gracia un hombre distinto,
que calma el oleaje de su corazón.
III.
LA LUZ EN LA CARNE
Siento un volcán que en mis venas se agita,
rayo vivo en la fibra y el nervio;
mi cuerpo es paz, motor soberbio
que a la vida otra vez resucita.
¡Fuera la venda! La sombra se quita,
mis ojos son lentes de puros cristales;
bebo la luz en chorros manantiales,
regalo que arranca de mi alma el quebranto,
y me alza el vuelo con místico manto
lejos de abismos y viejos males.
IV.
EL RETRATO DEL MAESTRO EN SU CUNA
En el cuarto oscuro de mi pensamiento,
baño mis versos en sales de historia;
revelo el paisaje, capturo la gloria
de este suelo que es mi único aliento.
Retiro el Ikat del azul firmamento,
y surge el río, inmenso y cano,
susurrando al huerto un verso hermano
mientras la tía, en su paz de victoria,
teje nudos de fe y de memoria
con el hilo de oro de un amor humano.
V.
EL HOMBRE NUEVO
Hoy mi lente no busca el error ni la mancha,
ni el foco encandila la ajena caída;
mi alma es un puerto, mi vista es la ancha
ribera que abraza el dolor de la vida.
Seré el fotógrafo de lo invisible,
el que atrapa la luz en el hondo abismo;
haciendo que el triunfo sea siempre posible
borrando del rastro cualquier cinismo.
Ya no habrá jaulas para este sueño loco,
seré la quimera que en el agua navega;
el hombre que entiende, poco a poco,
que al perdonar, su victoria se entrega.
Seré alumno del sol y maestro del viento,
viviendo el \"Ahora\" en el centro del mundo;
captando en un trazo el eterno momento,
¡siendo el hombre nuevo, rico y profundo!