\"Mapas del destino\"
I. Prosa poética
El destino no se traza, se canta.
El mapa no es de papel, ni de tinta azul que delimita provincias. Es un mapa de aceituna y alambre, que empieza en la garganta y termina en el cuchillo. Federico lo sabía: el destino se parece al caballo, nunca se sabe si lleva al río o al barranco. Aquí, en el Sur, los caminos son de cal, y bajo la cal, la calavera. Por eso andamos con los ojos cerrados, palpando el aire con las manos de gitano. Porque el verdadero mapa está dibujado con la ceniza de las hogueras de San Juan, y se lee al revés, mirando al suelo, donde la luna entierra sus huevos de sombra. Cada vereda tiene un nombre de árbol ahorcado, y cada árbol, un pájaro que canta lo que no debe. El que se pierde, encuentra; el que encuentra, se pierde para siempre entre las curvas de una guitarra.
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II. Soneto
(Endecasílabos)
No hay mapa, amor, que calle tu cintura,
ni brújula que mida tu costado.
Mi pecho es un jazmín desangrado
bajo la luz inmóvil de la luna.
El viento lleva cartas de fortuna
que el río rompe en su curso encallado.
Tú vas desnuda por mi pecho helado
como un caballo alado sin ventura.
El cielo tiene anillos de veneno
y una torre de amarillo veneno
donde el reloj se pudre lentamente.
Pero si sigo el hilo de tu sueño,
me hallaré con la muerte cara a cara,
y en su mano, tu mano de simiente.
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III. Décimas
(Ocho sílabas, para un romance octosilábico con sabor a romance gitano)
1.
Yo llevo un mapa en la sangre
que me dibujó la luna;
no hay camino que sea uno
ni guitarra que no cante.
Verde monte, verde infante,
verde cuchillo en la arena.
Mi caballo hace cadena
con el aire de tu pecho,
y el duende, que está deshecho,
me recoge la melena.
2.
Quien diga que el destino
se escribe con tinta negra,
que mire la madreselva
donde el alba se asesina.
Mi mapa tiene una esquina
de cal y sal desgarrada,
y una fuente muy parada
donde beben los alfileres.
No me busques, no me quieras,
que soy barco sin ribera.
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IV. Romance
Verde mapa, verde viento.
Verde sombra de cuchillo.
La niña de larga frente
borda el mar en un bolsillo.
—Caballo mío del alba,
¿dónde llevas tu destino?
—Lo llevo entre las patas,
cubierto de polvo fino.
La luna es una brújula
sin aguja ni camino.
Las estrellas, alfileres
que se clavan en el vidrio.
—Ay, niña del mapa verde,
¿dónde has puesto tu cintura?
—La dejé en la encrucijada,
prendida de una amargura.
Y el viento, ese gran viajero,
se paró sobre un olivo.
El mapa se hizo ceniza
y el camino, se hizo niño.
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V. Alejandrinos
(Versos de catorce sílabas, para un canto mayor)
La noche tiene mapas que nadie se ha atrevido
a desplegar en la mesa donde el vino es sangriento.
El corazón del sur es un caballo herido
que galopa en la sombra sin ningún firmamento.
Las flechas del deseo apuntan al costado
donde crece la herida que nunca ha de cerrarse.
Por los caminos blancos un niño desangrado
le enseña a la luna nueva el modo de mirarse.
El aire de Granada se vuelve cuchillada
cuando la madrugada se pone a temblar sola.
Mi mapa es una torre de cal desmoronada
y un río que no cesa de cantar una ola.
Verde es el horizonte, verde la geomancia,
y el barco de la muerte no lleva cartografía.
Solo la sangre marca en su oscura elegancia
la curva donde empieza la melancolía.
Autor: Augusto Cuerva Candela
País: España, Madrid
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