Entonces
llegas tú,
con tus ojos
grandes
y una mirada
profunda.
Me fascinas,
me enseñas
a comprender
el mundo,
a cómo amar,
a cómo querer
hasta quemar
mi historia.
Y sucede
que confío,
me regresas,
me transportas,
pero
ya sin nombre
alguno,
ya sin
herida alguna.
A última
instancia
te marchas,
y ahora,
¿qué hago con
esta fascinación
que tengo de ti?