Voy caminando hacia ti con mis pretensiones inquietas y silenciosas, puede que, en esa travesía nuestra, nos entregue una indómita noche de encuentro con tus exquisitos detalles. A lo lejos veo el avance suave y naciente de las nubes silenciosas que cubren el cargado cielo dócil. Entre ellas habitan mis sensaciones, esas que se traslucen a través de los colores de tu ser. La verdad, quiero entrometerme en el relieve de tu cuerpo, con el tinte mágico de las estrellas sobre el azul profundo y así ensalzarme entre tu abrazo, ese que nos unió con el corazón agitado, hasta hacer aparecer una gota solitaria, que se redimió entre mil nubes ligeras, acudiendo a la urgencia por enredarse entre tu y mi suspiro… Por eso me embarque en ese pequeño crisol de agua que lentamente avanza por lo sinuoso de ti, por lo insondable, por lo trepidante y desalmado de la cúspide de tu cuerpo, haciéndose parte entre los relieves del deseo que hacen que vuele al infinito. En ese roce, entre aquella gota y tú liberación, el eco de la noche fue iluminando la transformación de un calor intenso y de tanta pureza que una marea ascendente delataba toda tu entrega. Mi tacto te busca, te quiere, te siente y te desea, a veces ansioso y sudoroso, para continuar amando cada estela de humedad, buscando esa gota libre que suavemente ama tu carne, golpeando el pulso de la libertad de tu superficie… Yo se que desde ese instante terminé enamorado en la insistencia de tu piel, cuando la gota de humedad recorre deliciosamente cada matiz de tu color, hasta vislumbrar el contorno de un delirio que imita al ímpetud de la miel, dejando a su paso un rastro luminoso que mis ojos devoran, mientras mis manos se inquietan y mi deseo te seguirá buscando una y otra vez… Una y otra vez…