El niño y la anciana andan
cerca del fin y el origen
con el futuro y el pasado
a cuestas, lejos del hombre
ocupado en los trajines
de la pretensión y el porvenir.
El niño que apenas puede
pronunciar le habla
a la anciana que ya
casi no escucha.
Le conversa como su igual
y al seguirla se encamina
en la trampa que ambos
querían evitar. Ambos
mirados de lejos, dejados
con la necesidad del pañal.
No buscan beneficios,
no pretenden impresionar,
los dos aprenden a caminar
y recuerdan lo que otros
solo quieren olvidar.
El niño olvida la orden
de no acercarse al corral,
la anciana también olvida
y los dos caen patas arriba
y con furor les recriminan:
Nadie puede impedir
aquellas aventuras
por más duras que sean las rimas.
La anciana ríe con la curiosidad
del niño, el niño ríe con la risa
de la anciana. Ninguno oculta
una manzana o quiere callar
al otro. El niño le habla siempre,
aunque la anciana no lo oiga,
ni vea y, por algún misterio,
ella sabe que le habla
y le responde cualquier cosa
que a él siempre agrada.
Solo a duras penas en la vejez
tocamos el camino del niño:
A cada paso crece, va ignorando
quién es y se amarra a su error
disfrazado de madurez, hasta que
abrumados de palabras
solo quieren que callemos
para correr del tormento
al dolor del descontento.
Nos arrastra el destino:
El hombre es el fantasma del niño
y la anciana el fantasma del hombre.
A uno olvidan y a otro ignoran
porque no hallan marcha atrás:
Su palacio se deshace
sin escape, el hombre ignora
la libertad de la debilidad
y la felicidad de esperar.