Porque soy necio, Señor mío,
y aun así no quiero verte sufrir.
Te entregué mi voluntad toda, sin reservas
para bien o para mal;
y aunque a veces tu amor me duela,
te amo sin remedio.
Lloro, caigo, desfallezco,
y aun así te busco,
como quien busca al Amado
en la noche más cerrada.
Quise sentirte y te me escondiste.
¿O fui yo quien huyó, seducido
por amores necios,
promesas rotas
y huecos sin alma?
Soy tu desastre,
y es dulce serlo
cuando eres tú quien me toma.
Sentirte sin sentir,
hablarte sin palabra,
callar y que me entiendas…
Misterio dulce y terrible.
Oírte sin sonido,
amarte, aborrecerte,
y volver siempre a amarte,
como tierra seca que vuelve al agua
aunque el agua la hiera.
Me capturaste,
oh Amado mío,
de todas las maneras que solo Tú sabes.
Cuando me arrodillo ante tu Presencia,
tú conoces mis fondos,
tú eres lo que busco,
lo que quiero,
lo que quisiera querer más.
Fuera me juzgan,
yo mismo me juzgo;
pero tú me miras sin reproche
y me alcanzas sin tocarme,
me besas sin labios,
me enloqueces sin moverte.
Al sentir tu Cuerpo en mis labios
y escuchar tu silencio vivo,
tiembla mi alma;
no entiendo,
ni quiero entender.
Bástame saber
que eres Tú
quien me vuelve loco.